Se denomina mago blanco a aquel que, mediante el alinea¬miento consciente con su ego, su “ángel’, es receptivo a sus planes y propósitos y, por lo tanto, capaz de recibir impresión superior. Debe recordarse que si bien la magia actúa de arriba abajo, y es resultado de la vibración solar, no de los impulsos que emanan de alguno de los pitris lunares, el descenso de la energía im¬presora del pitri solar es el resultado de su recogimiento interno, de la inhalación de sus fuerzas, antes de ser enviadas en forma concentrada a su sombra, el hombre, y de su constante meditación sobre el propósito y el plan. Será útil que el estudiante recuerde aquí que el ego (así como el Logos) está en profunda meditación durante todo el ciclo de encarnación física. Esta meditación es de naturaleza cíclica, pues el pitri involucrado proyecta hacia su “re¬flejo” corrientes rítmicas de energía, que son reconocidas por el hombre implicado como sus impulsos superiores, sueños y as¬piraciones. Por lo tanto, es evidente la razón por la cual quienes trabajan en magia blanca son siempre hombres avanzados y es¬pirituales, pues el “reflejo” pocas veces responde al ego o ángel solar, hasta haber transcurrido muchos ciclos de encarnación. El pitri solar se comunica con su “sombra” o reflejo, por medio del sutratma, que desciende a través de los cuerpos, hasta un punto de entrada en el cerebro físico, si así puedo expresarlo, pero el hombre no puede aún concentrarse ni ver con claridad hacia nin¬guna dirección.

Si mira hacia atrás ve únicamente las nieblas y las miasmas de los planos de la ilusión, y le resulta de poco interés. Si mira ha¬cia adelante ve una luz distante que lo atrae, pero aún no puede percibir lo que revela esa luz. Si mira en torno suyo sólo ve for¬mas cambiantes y la sucesión de acontecimientos de la vida de la forma. Si mira internamente percibe las formas proyectadas por la luz, y se da cuenta que hay muchos obstáculos que deben ser eliminados, antes de poder alcanzar la luz que ve a lo lejos, y luego que ésta penetre en él. Entonces podrá conocerse como la luz misma, caminar en esa luz y trasmitirla a otros.

Quizás sea aconsejable recordar que la etapa del discipulado es, en muchos sentidos, la parte más difícil de toda la escala de evolución. El ángel solar está en incesante y profunda meditación. Los impulsos de energía que emanan de él aumentan su grado de vibración y son cada vez más poderosos. La energía afecta progre¬sivamente las formas a través de las cuales el alma procura ex¬presarse y controlar.

Esto me lleva a considerar el séptimo punto que traté en mí anterior análisis de la Regla Uno. Dije que “la meditación del al¬ma es de naturaleza rítmica y cíclica, como lo es todo en el cos¬mos. El alma respira y su forma vive por ello”. La naturaleza rít¬mica de la meditación del alma no debe ser pasada por alto en la vida del aspirante. Hay un flujo y reflujo en toda la naturaleza, y en la marea del océano vemos la maravillosa representación de una ley eterna. A medida que el aspirante se ajusta a las mareas de la vida del alma, empieza a darse cuenta que existe un cons¬tante flujo, vitalización y estímulo, seguido por el reflujo inevita-ble y seguro de las inmutables leyes de la fuerza. Este flujo y re¬flujo puede verse actuar en los procesos de la muerte y de la reencarnación. También se puede ver en el proceso de las vidas del hombre, porque alguna vidas son aparentemente pasivas e in¬trascendentes, lentas e inertes, desde el ángulo de la experiencia del alma, mientras que otras son vibrantes, plenas de experiencia y desarrollo. Esto deben recordarlo todos los trabajadores cuando procuran ayudar a otros a vivir correctamente. ¿Se hallan éstos en el reflujo, o están sometidos a la afluencia de la energía del alma? ¿Pasan por un período de pasividad temporaria, preparatorio de un mayor impulso y esfuerzo, donde el trabajo que debe realizar consiste en el fortalecimiento y la estabilización, con el objeto de capacitarse para poder “permanecer en el ser espiritual”, o están sometidos a un influjo cíclico de fuerzas? En este caso el trabaja-dor debe ayudar a dirigir y utilizar la energía, pues si está mal dirigida terminará arruinando vidas, pero si es utilizada sabiamen¬te, dará como resultado un servicio pleno y fructífero.

Quien estudia a la humanidad puede también aplicar dichos pensamientos a los grandes ciclos raciales, y así descubrirá mu¬chas cosas que son de gran interés. Estos impulsos cíclicos son también más frecuentes, rápidos y fuertes, en la vida del dis¬cípulo que en la vida del hombre común, algo muy importante para nosotros, los cuales alternan con penosa rapidez. La conocida experiencia del místico en la montaña y en el valle, es sólo una forma de expresar este flujo y reflujo. A veces el discípulo ca¬mina en la luz del sol y otras en la oscuridad; unas veces conoce la alegría de la plena comunión y otras todo es oscuro y estéril; otras veces su servicio es una experiencia satisfactoria y fructífe¬ra, y cree que realmente puede ayudar, pero en otros casos siente que no tiene nada que dar y que su servicio es infecundo y sin resultado. Hay días en que todo lo ve claro y tiene la sensación de estar en la cima de la montaña, contemplando un paisaje bañado por el sol, donde todo se presenta nítido ante su vista. Sabe y siente que es un hijo de Dios; sin embargo, después descienden las nubes, pierde toda su seguridad y le parece no saber nada. Camina a la luz del sol, está abrumado por la luminosidad y el calor de los rayos solares y piensa cuánto tiempo durará esta ex¬periencia desigual y este violento alternar de opuestos.

No obstante, una vez captado el hecho observa el efecto de los impulsos cíclicos y de la meditación del alma sobre su natu¬raleza forma, se le aclara el significado, comprende que el aspec¬to forma falla en responder, y su reacción a la energía es despa¬reja. Entonces aprende que cuando pueda vivir en la conciencia del alma y alcanzar a voluntad esa “altitud elevada” (si puede ex¬presarse así), las fluctuaciones de la vida forma ya no lo afec¬tarán. De este modo percibe el estrecho sendero del filo de la navaja que lo lleva desde el plano de la vida física al reino del alma, y descubre que cuando pueda hollar el sendero con fir¬meza, será conducido fuera del mutable mundo de los sentidos, hacia la clara luz del día y al mundo de la realidad.

El aspecto forma de la vida se convierte entonces para él en el campo de servicio y no en el de la percepción sensoria. El es¬tudiante debe reflexionar sobre esta última frase y tratar de vi¬vir como alma. Él mismo es responsable de los impulsos cíclicos emanados del alma, y entonces se conoce a sí mismo como la causa iniciadora y no está sujeto a los efectos.

Visto desde otro ángulo tenemos dos factores, el aliento y la forma a la que el aliento energetiza e impele a la actividad. Un estudio detenido evidenciará que durante innumerables eones nos identificamos con la forma y hemos acentuado los efectos de la actividad impartida, pero no comprendimos la naturaleza del aliento ni conocido la naturaleza del Uno que respira. Ahora nos ocuparemos en este estudio de ese Uno, Quien, al respirar rít¬micamente, impelerá a la forma a una correcta acción y control. Tal es nuestro objetivo y meta. Sin embargo, es necesaria la correcta comprensión si queremos apreciar inteligentemente nues¬tra tarea y sus efectos.

Mucho más puede decirse respecto a esta regla, y ya se ha dado bastante material para ser considerado por el aspirante co¬mún al discipulado, y sobre lo cual basar su acción. La mayoría de nosotros somos aspirantes comunes, ¿no es verdad? Si nos consideramos bajo otro aspecto nos separamos de los demás y somos culpables del pecado de la separatividad el único ver¬dadero.

Una apreciación de los pensamientos mencionados debería dar al aspirante cierta comprensión del valor de su trabajo de meditación, en tanto que la idea de la respuesta cíclica al impul¬so del alma, se halla detrás de las actividades de la meditación matutina, del recogimiento del mediodía y de la recapitulación vespertina. En los dos aspectos de la Luna nueva y la Luna llena, tenemos un mayor flujo y reflujo. Tengan esto presente.

¡Que haya un constante y pleno fluir de fuerzas cíclicas, des¬de el reino del espíritu, sobre cada uno de nosotros, llamándonos al reino de la luz, del amor y del servicio y evocando en cada uno una respuesta cíclica! ¡Qué haya un constante intercambio entre quienes enseñan y el discípulo que busca instrucción!

Será necesario realizar un gran trabajo preliminar. El discí¬pulo en el plano físico y el instructor interno (sea uno de los Grandes Seres o el “Maestro en el Corazón”) necesitan conocer¬se y acostumbrarse a sus propias vibraciones. Hay muchas cosas contra las cuales deben luchar los instructores en los planos internos, debido a la lentitud de los procesos mentales de los estu¬diantes en cuerpo físico. Pero la confianza y la fe establecerán la correcta vibración, lo cual finalmente producirá un trabajo exacto. La falta de fe, de tranquilidad, de dedicación y la inquie¬tud emocional, obstaculizarán. Quienes actúan en el aspecto in¬terno necesitan mucha paciencia para trabajar con las personas, pues carecen de mejor material. Una imprudencia física puede impedir al cuerpo físico ser receptivo; una preocupación o an¬siedad puede hacer vibrar al cuerpo astral a un ritmo que im¬posibilite la buena recepción del propósito interno; el prejuicio, la critica y el orgullo, pueden inutilizar al cuerpo mental. Quie¬nes aspiran a este difícil trabajo deben observarse a sí mismos con mucho cuidado y mantener la paz y la serenidad internas y la elasticidad mental, que les permita ser de alguna utilidad para proteger y guiar a la humanidad.

Por lo tanto, se pueden dar las siguientes reglas:
1. Es esencial hacer un esfuerzo para llegar a una absoluta pureza de móvil.

2. Poseer la capacidad de penetrar e silencio de los altos lugares. La quietud de la mente depende de la ley del ritmo. Si vibramos en muchas direcciones y registramos los pensamientos que vienen de todas partes, esta ley no los afectará. Se debe res-tablecer la estabilidad y el aplomo antes de lograr el equilibrio. La ley de vibración y el estudio de la sustancia atómica están estrechamente entrelazados. Cuando se tenga un mayor conoci¬miento sobre estos átomos y su acción, reacción e interacción, las personas podrán controlar sus cuerpos científicamente, sincroni¬zando las leyes de la vibración y del ritmo. Son las mismas, aun¬que no iguales, y constituyen fases de la ley de gravedad. La tie¬rra es una entidad que, por la fuerza de la voluntad, retiene to¬das las cosas en sí misma. Esta cuestión es muy confusa y poco se conoce sobre ella. La inhalación y la exhalación de la enti¬dad de la tierra afectan poderosamente a la vibración la vi¬bración de la materia en el plano físico. Existe una conexión en¬tre esto y la Luna. Esos miembros de la humanidad que se ha¬llan especialmente bajo la influencia lunar, responden más que otros a esta atracción, y resulta difícil utilizarlos como transmisores. Debe cultivarse el silencio que proviene de la calma inter¬na. Se recomienda a los aspirantes recordar que llegará el mo¬mento en que también ellos formarán parte del grupo de instruc¬tores en el aspecto interno del más allá. Si para entonces aún no han comprendido el silencio que proviene de la fortaleza y del conocimiento, ¿cómo podrán soportar la carencia de comunica¬ción y descubrir lo que existe entre ellos y quienes están “en el aspecto externo”? Por lo tanto aprendan a guardar silencio, de lo contrario la utilidad a prestar será menoscabada por la inquie¬tud astral cuando pasen al más allá.

3. Recuerden siempre que el desasosiego de la vida diaria impide a los instructores de los niveles egoicos llegar a ustedes. Procuren permanecer serenos durante el transcurso de la vida, y mantener la calma interna en el trabajo y en el esfuerzo, en los afanes y en las aspiraciones. Retráiganse constantemente en el trabajo interno, cultivando la respuesta a los planos superiores. Los Maestros necesitan un perfecto y constante aplomo interno, de parte de quienes tratan de utilizar, aplomo que mantiene la visión, mientras desempeña su trabajo externo en el plano físi¬co, con la concentrada atención del cerebro físico, sin ser desvia¬da en manera alguna por la receptividad interna. Esto involucra una doble actividad.

4. Aprendan a controlar el pensamiento. Es necesario vigi¬lar lo que se piensa. Éstos son días en que toda la raza está lle¬gando a ser sensible y telepática y a responder al intercambio mental. Se acerca el momento en que los pensamientos serán de propiedad pública y se presentirá lo que los demás piensan. Por lo tanto, el. pensamiento debe ser cuidadosamente vigilado. Quie¬nes hacen contacto con las verdades superiores y son sensibles a la Mente Universal, tienen que proteger algunos de sus conoci¬mientos de la intromisión de otras mentes. Los aspirantes deben aprender a inhibir ciertos pensamientos y evitar que algunos co¬nocimientos se filtren en la conciencia pública, cuando están en contacto con sus semejantes.

Es de interés vital valorar el significado de las palabras “no disipa su fuerza”. Existen muchas líneas de actividad a las cuales puede entregarse el discípulo inspirado por el alma. Es muy difícil tener la seguridad de cuáles son las diferentes líneas de acti¬vidad a seguir, pues todo aspirante conoce la incertidumbre. Pre¬sentaremos el problema en forma de pregunta, ubicándolo en el plano del esfuerzo diario, pues no estamos aún en posición de com¬prender en qué forma el alma puede “disipar sus fuerzas” en los planos superiores.

¿Qué criterio puede aplicar el hombre para saber cuál de las distintas actividades a emprender es la correcta? En otras pala¬bras, ¿existe un algo revelador que permite al hombre, inequívo¬camente, elegir la correcta actividad y seguir el camino correcto? La pregunta no se refiere a la elección entre el sendero del es¬fuerzo espiritual y el camino del hombre mundano, sino a la co¬rrecta acción cuando lo enfrenta la elección.

Sin duda, el hombre durante su progreso enfrenta diferencia¬ciones cada vez más sutiles. La cruda discriminación entre el bien y el mal, que preocupa al alma infantil, es seguida por las dife¬renciaciones más sutiles de lo correcto o más correcto, elevado o más elevado, y los valores morales o espirituales, deben enfrentar¬se con la percepción espiritual más meticulosa. En la tensión, en los afanes de la vida y en la constante presión sobre cada uno de quienes constituyen su grupo, la complejidad del proble¬ma llega a ser muy grande.

Al resolver estos problemas, ciertas amplias discriminaciones pueden preceder a las más sutiles, y cuando se toman estas de¬cisiones, entonces las más sutiles pueden reemplazarlas. La elec¬ción entre la acción egoísta y la altruista es la más fácil a se¬guir al elegir entre lo correcto y lo incorrecto, y fácilmente es de¬terminada por el alma honesta. Una elección que involucra la discriminación entre el beneficio individual y la responsabilidad grupal, elimina rápidamente otros factores, y esto resulta fácil para el hombre que se hace cargo de su debida responsabilidad. Observen las palabras “debida responsabilidad”. Estamos consi-derando al hombre normal y sensato y no al fanático, excesiva¬mente escrupuloso y morboso. Luego viene la diferencia entre lo conveniente, implicando los factores de las relaciones comercia¬les y financieras del plano físico, conducente a una consideración del máximo bien para todos. Después de haber llegado a cierta posición, debido a este triple proceso eliminativo, surgen casos donde aún hay que hacer una elección, donde ni el sentido co¬mún ni la lógica ayudan, ni tampoco la razón discriminadora. Sólo está presente el deseo de hacer lo correcto; la intención es actuar en la forma más elevada posible y tomar la línea de ac¬ción que produzca el máximo bien para el grupo, independiente¬mente de toda consideración personal. Sin embargo, no se per¬cibe la luz en el sendero a seguirse; tampoco se reconoce la puer¬ta que se debe atravesar, permaneciendo el hombre en un estado de constante indecisión. ¿Qué debe hacerse entonces? Una de estas dos cosas:

Primero, el aspirante puede seguir su inclinación y elegir esa línea de acción que le parece más inteligente y mejor. Esto involucra la creencia en la actuación de la Ley del Karma y tam¬bién una demostración de esa firme decisión, que es la mejor for¬ma en que su personalidad puede aprender a ajustarse a las de¬cisiones de su propia alma. También implica la capacidad de seguir adelante sobre la base de la decisión tomada, y así ate¬nerse a los resultados, sin malos presentimientos ni vanas lamen¬taciones.

Segundo, basado en un sentido interno de orientación, el aspi¬rante puede esperar, sabiendo que a su debido tiempo compro¬bará, al cerrar todas las puertas menos una, cuál es el camino a seguir. Existe sólo una puerta abierta por la que él puede pasar. Es necesaria la intuición para reconocerla. En el primer caso se pueden cometer errores, y por medio de éstos el hombre apren¬de y se enriquece; en el segundo son imposibles los errores y sólo puede emprenderse la correcta acción.

Por lo tanto, es evidente que todo se reduce a una compren¬sión de nuestro lugar en la escala de la evolución. Sólo el hom¬bre altamente evolucionado puede conocer los momentos y las temporadas, y discernir adecuadamente la diferencia sutil entre una tendencia síquica y la intuición.

Al considerar estas dos formas de llegar a una decisión final, el hombre, que emplea su sentido común y toma una línea de acción basada en el empleo de la mente concreta, no debe prac¬ticar el método superior de esperar a que se abra una puerta. Espera demasiadas cosas en el lugar en que se encuentra. Debe aprender a resolver sus problemas por la acertada decisión y el correcto empleo de la mente. Progresará mediante dicho método, pues las raíces del conocimiento intuitivo están arraigadas hon¬damente en el alma y, por consiguiente, debe establecer contac¬to con el alma antes de poder actuar la intuición. Sólo se dará una sugerencia: la intuición concierne siempre a la actividad grupal y no a los pequeños asuntos personales. Si usted está cen¬trado en la personalidad debe reconocerlo y regir sus acciones con las facultades de que dispone. Si sabe que actúa como alma y se sumerge en el interés de los demás y no está obstaculizado por el deseo egoísta, entonces cumple con la obligación que le corresponde, se hará cargo de su responsabilidad, lleva a cabo su trabajo grupal y se le abre el camino mientras desempeña la tarea que tiene por delante y cumple con su deber más inme¬diato. Del deber cumplido esmeradamente, surgirán esos deberes mayores que llamamos trabajo mundial; de llevar la carga de la responsabilidad de la familia se fortalecerán nuestros hombros y nos permitirá soportar las del grupo mayor. ¿Cuál es entonces el criterio?

Para el aspirante de grado superior, repito, la elección de la forma de actuar depende del sensato uso de la mente inferior, el empleo de un sólido sentido común y el olvido del bienestar egoísta y la ambición personal. Esto conduce al cumplimiento del deber. El discípulo debe llevar a cabo, necesaria y automática¬mente, todo lo antedicho y además utilizar la intuición, que le revelará el momento en que puede hacerse cargo de las res-ponsabilidades grupales más amplias, simultáneamente con las del grupo menor. Reflexionen sobre esto. La intuición no revela la forma en que puede fomentarse la ambición, ni cómo satisfacer¬se el deseo del progreso egoísta.

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