El Ángel Solar se recoge en sí mismo, no disipa su fuerza, sino que en profunda meditación se comunica con su reflejo.
ALGUNAS SUPOSICIONES FUNDAMENTALES
Emprenderemos un curso de estudio donde predominará la tendencia a obligar al estudiante a depender de sí mismo y, por consiguiente, de ese yo superior que en la mayoría de los casos ha hecho sentir su presencia sólo en raros e intensos intervalos emocionales. Cuando el yo es conocido y no simplemente sentido, y cuando la comprensión es tanto mental como sensoria, enton¬ces el aspirante puede ser verdaderamente preparado para la ini¬ciación.
Quisiera señalar que mis palabras están basadas en ciertas suposiciones fundamentales, que para mayor claridad desearía mencionar brevemente.
Primero, que cuando el estudiante es sincero en su aspira¬ción está dispuesto a avanzar, no importa cual sea la reacción del yo inferior, o sobre éste. Sólo podrán trabajar inteligentemente quienes distingan con claridad los dos aspectos de su naturaleza, el yo real y el yo ilusorio. Esto ha sido bien expresado en Los Aforismos de Yoga de Patanjali:
“La experiencia (de los pares de opuestos) se adquiere por la incapacidad del alma para distinguir entre el yo personal y el purusha (espíritu). Las formas objetivas existen para uso y expe¬riencia del hombre espiritual. Meditando sobre esto, surge la percepción intuitiva de la naturaleza espiritual.” Libro III, Af. 35.
En el aforismo cuarenta y ocho del mismo Libro hay una afir¬mación que abarca una etapa posterior a la de esta comprensión discriminadora, cualidad discernidora fomentada por una actitud mental de recogimiento y por una cuidadosa y constante atención sobre el método de la recapitulación de la vida.
Segundo, actúo suponiendo que todos han vivido y luchado suficientemente contra las fuerzas adversas de la vida, como para permitirles desarrollar un sentido bastante real de los valores. Presumo que tratan de vivir como aquellos que conocen algo de los verdaderos valores eternos del alma. Que ningún aconteci¬miento de la personalidad los detendrá, ni la presión del tiempo y de las circunstancias, la edad o la incapacidad física. Han apren¬dido inteligentemente que la precipitación entusiasta hacia ade¬lante y el progreso violento y enérgico, tienen sus desventajas, y que con un firme, regular y persistente esfuerzo, a la larga pro¬gresarán más. Los esfuerzos esporádicos y el apremio momentá¬neo se convierten en desgano y en un agobiador sentido de fra¬caso. Es la tortuga y no la liebre, que llega primero a la meta, aunque ambas logran su objetivo.
Tercero, considero que los que con toda seriedad esperan be¬neficiarse por las instrucciones de este libro, estarán preparados para cumplir con estos simples requisitos: leerlo reflexivamente, tratar de organizar la mente y dedicarse al estudio de la medita¬ción. La organización de la mente es una tarea continua, y la apli¬cación de la mente, a todo asunto entre manos durante nuestras ocupaciones diarias, es la mejor forma de hacer fructíferos los períodos de estudio y meditación y de adquirir la aptitud para la vocación de discípulo.
Habiendo quedado bien aclaradas estas suposiciones, mis pa¬labras van dirigidas a quienes tratan de estar a la altura de la necesidad actual de servidores entrenados. Observen que no digo quienes están a la altura para ello. La intención y el esfuer¬zo son considerados por nosotros de primordial importancia, y ambos constituyen los principales requisitos para todo discípulo, iniciado y maestro, más el poder de persistir.
Al considerar estas reglas, no me interesa tanto su aplica¬ción al trabajo mágico mismo, como el entrenamiento del mago, y su desarrollo desde el punto de vista de su propio carácter. Más adelante podremos aplicar el conocimiento a la manifesta¬ción externa de las fuerzas mundiales, pero ahora nuestro obje¬tivo es algo distinto; trato de que las mentes y cerebros por lo tanto el yo inferior de los estudiantes, se interesen en el yo su¬perior, para agudizar en esta forma su interés mental, a fin de generar el suficiente ímpetu que los llevará adelante.
Además no debe olvidarse que una vez que la personalidad ha captado la magia del alma, esa alma dominará constantemente y se podrá confiar en que lleve el entrenamiento del hombre a su fruc¬tificación, sin estar impedido (como lo están ustedes) por los con¬ceptos de tiempo y espacio y por desconocer el curso recorrido anteriormente por el alma implicada. Debe tenerse presente que, al tratarse de individuos, el trabajo requerido es doble:
1. Enseñarles a vincular el yo inferior personal con el alma influyente, de modo que haya en el cerebro físico una conciencia segura respecto a la realidad de ese hecho divino. Este conocimiento evita que la hasta ahora su¬puesta realidad de los tres mundos atraiga y retenga, y es el primer paso para salir del cuarto reino y entrar en el quinto,
2. Darles una instrucción tan práctica que permitirá al estudiante:
a. Comprender su propia naturaleza. Esto implica obte¬ner algún conocimiento de las enseñanzas del pasado res¬pecto a la constitución del hombre, y la apreciación de las interpretaciones de los investigadores modernos tanto orientales como occidentales.
b. Controlar las fuerzas de su propia naturaleza y apren¬der algo referente a las
fuerzas que lo rodean.
c. Capacitarse para desarrollar de tal manera sus poderes latentes que pueda resolver sus propios problemas espe¬cíficos, sostenerse por sí mismo, manejar su propia vida, solucionar sus dificultades y llegar a ser tan fuerte y equilibrado en espíritu, que se le reconozca su aptitud como trabajador en el plan de la evolución, como mago blanco e integrante de ese grupo de discípulos consagra¬dos, denominado la “jerarquía de nuestro planeta”.
A quienes estudian estas cuestiones se les pide que amplíen su concepto de esa jerarquía de almas, incluyéndose en ella to¬das las esferas exotéricas de la vida humana política, social, económica y religiosa; también que no restrinjan el concepto, co¬mo lo hacen muchos, únicamente a quienes han traído a la exis¬tencia su propia y pequeña organización particular, o a los que trabajan exclusivamente en el aspecto subjetivo de la vida, y en aquello que los conservadores reconocen como religioso o es¬piritual. Todo lo que tiende a elevar el nivel de la humanidad, en cualquier plano de manifestación, es obra religiosa y tiene una meta espiritual, pues materia es sólo espíritu en el plano más ba¬jo, y espíritu, según se dice, es materia en el plano más alto. Todo es espíritu, y las diferenciaciones sólo son producto de la mente finita. Por lo tanto, todos los colaboradores y conocedores de Dios, encarnados o desencarnados, que trabajan en cualquier campo de la manifestación divina, forman parte de la Jerarquía planetaria y constituyen unidades integrantes de esa gran nube de testigos, los “espectadores y observadores”. Ellos poseen el poder de la vi¬sión o percepción espiritual, además de la visión física u objetiva.
Al estudiar esta regla podríamos resumirla en forma sencilla, aunque profunda, con las siguientes palabras:
1. Comunicación Egoica.
2. Meditación Cíclica.
3. Coordinación o Unificación.
En Tratado sobre Fuego Cósmico estas reglas comienzan con un breve resumen del proceso y una exposición referente a la na¬turaleza del mago blanco.
En esta primera consideración sobre el tema quisiera enume¬rar brevemente los datos proporcionados en el comentario, con el fin de demostrar al aspirante cuánto se le proporciona para su consideración y para su ayuda, si sabe leer y reflexionar sobre lo que lee. La breve exégesis de esta regla expresa lo siguiente:
1. Mago blanco es aquel que está en contacto con su alma. .
2. Es receptivo y consciente del propósito y del plan de su alma.
3. Es capaz de recibir impresiones del reino del espíritu y regis¬trarlas en su cerebro
físico.
4. Se afirma también que la magia blanca:
a. Actúa de arriba abajo.
b. Es el resultado de la vibración solar y por lo tanto de la energía egoica.
c. No es un efecto de la vibración del aspecto forma de la vida, porque está divorciada de la emoción y del impulso mental.
5. La energía que desciende del alma es el resultado de:
a. El constante recogimiento interno.
b. La concentrada y centralizada comunicación del alma con
la mente y el cerebro.
c. La continua meditación sobre el plan de evolución.
6. Por lo tanto, el alma está en profunda meditación durante todo el ciclo de encarnación física, y es lo único que le concierne al estudiante.
7. Esta meditación es de naturaleza rítmica y cíclica, como lo es todo en el cosmos. El
alma respira y por esto vive su forma.
8. Cuando la comunicación entre el alma y su instrumento es cons¬ciente y sostenida, el
hombre se convierte en mago blanco.
9. Por lo tanto, quienes trabajan con magia blanca son invariable¬mente, y debido a la naturaleza misma de las cosas, seres huma¬nos avanzados, pues se requieren muchos ciclos de vida para entrenar a un mago.
10. El alma domina su forma mediante el sutratma o hilo de vida, y (a través de éste) vitaliza su triple instrumento (mental, emo¬cional y físico) y así establece comunicación con el cerebro. A través del cerebro, conscientemente controlado, el hombre es energetizado para realizar una actividad inteligente en el plano físico.
Lo antedicho es un breve análisis de la primera regla para la magia, y quisiera sugerir que en el futuro, a medida que los estu¬diantes meditan sobre estas reglas, hagan un análisis similar. Si proceden de este modo en la consideración de cada regla, encara¬rán toda la cuestión con mayor interés y conocimiento. Además se evitarán la necesidad de releer y valerse de las referencias.
En la consideración del análisis hecho se observará que se ha dado un resumen muy claro y que el estudiante inicia su estudio de magia con una breve comprensión de la situación pasada, de su equipo y del método de acercamiento. Desde el principio se debe¬rá comprender la simplicidad de la idea que he querido impartir a través de mis observaciones. Así como en el pasado el instru¬mento y su relación con el mundo externo constituyó el principal hecho en la experiencia del hombre espiritual, así ahora es posi¬ble efectuar un reajuste donde el hombre espiritual, el ángel solar o alma, constituirá el hecho sobresaliente. También se comprende¬rá que su relación será (por medio del aspecto forma) con los mun¬dos interno y externo. El hombre ha incluido en su relación sólo el aspecto forma del campo de la evolución humana común.
Ha utilizado la forma y ha sido dominado por ésta. Ha sufrido por ello, y con el tiempo se ha rebelado, pues se ha saciado de todo lo que pertenece al mundo material. Insatisfacción, hastío, des¬agrado y profunda fatiga, son características muy frecuentes de quienes están al borde del discipulado. Y ¿qué es un discípulo? Es quien trata de aprender un nuevo ritmo, entrar en un nuevo campo de experiencia y seguir los pasos de esa humanidad avan¬zada que antes que él ha hollado el sendero que conduce de la os¬curidad a la luz y de lo irreal a lo real. Ha saboreado las alegrías de la vida en el mundo de la ilusión y ha aprendido que son impotentes para satisfacerlo y retenerlo. Ahora se encuentra en una etapa de transición entre los nuevos y los viejos estados del ser. Vibra entre la condición de la percepción del alma y la per¬cepción de la forma. Por lo tanto, ve “doble”.
Su percepción espiritual aumenta lenta y firmemente a me¬dida que el cerebro se va capacitando para recibir iluminación del alma, por intermedio de la mente. Al desarrollarse la intuición, el radio de percepción aumenta y se abren nuevos campos de co¬nocimiento.
El primer campo de conocimiento que recibe iluminación puede describirse como aquel que abarca la totalidad de las for¬mas que se encuentran en los tres mundos del esfuerzo humano -etérico, astral y mental. El discípulo en cierne se hace cons¬ciente de su naturaleza inferior a través de este proceso, y co¬mienza a darse cuenta de la amplitud de su aprisionamiento y (como lo expresa Patanjali) de “las modificaciones de la versátil naturaleza síquica”. Le son revelados los impedimentos para la realización y los obstáculos para el progreso, y su problema se convierte en específico. Con frecuencia llega a la posición en que se encontró Arjuna, enfrentado con enemigos en su propio hogar, confundido respecto a su deber, desanimado al tratar de equilibrarse entre los pares de opuestos. Entonces la plegaria para él debería ser la famosa oración de la India, pronunciada por el corazón, captada por la cabeza y complementada por una fer¬viente vida de servicio a la humanidad:
“Descúbrenos la faz del verdadero sol espiritual,
Oculto por un disco de luz dorada,
Para poder conocer la verdad y cumplir con nuestro deber,
Cuando nos encaminamos hacia Tus sagrados pies.”
A medida que lucha y persevera, supera sus problemas y controla sus deseos y pensamientos, se revela el segundo campo de conocimiento conocimiento del yo en el cuerpo espiritual, y del ego al expresarse mediante el cuerpo causal , el Karana Sari¬ra, y la percepción de esa fuente de energía espiritual, impulso motivador que reside detrás de la manifestación inferior. El “dis¬co de luz dorada” es traspasado; el verdadero sol es percibido; el sendero es descubierto y el aspirante lucha por avanzar hacia la luz cada vez más clara.
Cuando se estabiliza el conocimiento del yo y la conciencia de lo que ese yo percibe, oye, conoce y hace contacto, el discípulo encuentra al Maestro; se pone en contacto con su grupo de dis¬cípulos y comprende el plan del trabajo inmediato que le co¬rresponde desarrollar gradualmente en el plano físico. Así dis¬minuye la actividad de la naturaleza inferior y el hombre entra poco a poco en contacto consciente con su Maestro y su grupo. Pero esto ocurre después de “encender la lámpara” alineamien¬to de lo inferior con lo superior y descenso de iluminación al cerebro.
Es esencial que estos puntos sean comprendidos y estudiados por todos los aspirantes para poder dar los pasos necesarios y des¬arrollar la deseada percepción. Hasta no realizarlo, por más vo¬luntad que tenga el Maestro, es impotente para admitir a alguien en Su grupo, incluirlo en Su influencia áurica y convertirlo en una avanzada de Su conciencia. Cada peldaño del camino debe ser preparado por el hombre mismo, y ningún camino corto o fácil, conduce de la oscuridad a la luz.